Esta es una posible
respuesta correcta a la cuestión planteada:
«San Agustín escribe Del libre
albedrío en forma de diálogo entre Evodio y él mismo, para tratar sobre la
cuestión del mal moral y la libertad, tema que le interesó mucho durante toda
su vida. El libro II de esta obra, al que pertenece el presente pasaje, se
ocupa de esclarecer cómo la libertad es causa del mal moral, en otras palabras,
del pecado.
Según este fragmento, Dios otorga la libertad al ser humano para concederle
la capacidad de actuar bien y no para que realice acciones malas. Por esta
razón, cuando alguien emplea la libertad para actuar mal, es decir, para
“pecar”, entonces, como no la usa para el fin para el que Dios la confirió, es
justo que Dios le castigue.
El obispo de Hipona señala aquí que emplear la libertad para obrar bien
es hacerlo “según razón”, es decir, de acuerdo con la ley eterna. Hay que tener
en cuenta que la ley eterna es la “razón divina” que ordena todas las cosas
creadas hacia su fin; además, ésta puede y debe ser conocida por todos los
seres humanos por medio de la inteligencia.
Este fragmento refleja también que tanto la libertad humana como la
justicia divina son grandes bienes. La libertad, porque es condición de
posibilidad de realizar buenas obras, que sean meritorias y dignas de ser
premiadas. La justicia divina, porque es un atributo de Dios que consiste en premiar
el buen uso de la libertad y condenar su abuso.
Si no hubiera libertad, las acciones del hombre se dirigirían a sus fines
de manera necesaria, careciendo, por tanto, de responsabilidad moral y de
mérito. No existiría la libertad como un bien que Dios otorga al hombre y, al
mismo tiempo, no existiría el bien que supone la justicia divina que premia o
castiga a quienes lo merecen, según sus comportamientos se ajusten a la ley
divina o no.
Cabe destacar el alto valor que Agustín concede a la libertad como
rasgo esencial del ser humano. Gracias a ella podemos amar ordenadamente el
bien y realizarlo, aunque, a la vez, podemos emplearla mal, dando lugar al mal
moral, que, en su opinión, es el único verdadero mal que hay en el mundo.
En resumen, según este pensador, la libertad es un gran bien concedido
por Dios al hombre, para que lo emplee en buscar y amar lo que Dios manda, pese
a que existe el riesgo de que lo dirija hacia el mal. Al mismo tiempo, la
justicia de Dios es otro gran bien, que complementa el de la libertad, pues se
encamina a recompensar las buenas acciones libres o a castigar aquellas que son
malas.»
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